El complejo de superioridad es una suerte de reverso tenebroso del de inferioridad: el individuo comienza a autopercibirse como superior al resto en un intento por compensar sus inseguridades.
Esta autopercepción se traduce en patrones de comportamiento que acaban por condicionar todas sus relaciones sociales: al tenerse a sí mismos y a sus cualidades en una estima exageradamente alta, formula unas expectativas inalcanzables que acaban por generar frustración, además de odio irracional hacia quienes sí consiguen sus metas.
El victimismo es una de las principales características de esta patología, y a menudo nos encontraremos con que las personas con complejo de superioridad buscarán excusas rocambolescas antes que admitir que han cometido un error.
Los cambios de humor cuando alguien les lleva la contraria son habituales, así como la negativa a escuchar una opinión que no concuerde con la suya.
La necesidad extrema de llamar la atención es también frecuente en esta clase de personas, cuyo ego les ha sobrepasado hasta el punto de que siempre tienen que demostrar ser más que el resto.
Adler afirmaba que, en el intento de compensar sus inseguridades, estas personas acaban por perder el contacto con la realidad y por tanto la empatía: el comentario más inocente puede ser interpretado como hiriente, por lo que cualquiera es su enemigo hasta que se demuestre lo contrario.
En una sociedad en la que cada vez se fomenta más la individualización y la competitividad y donde los beneficios de la colectividad cada vez están más en detrimento, es fundamental que la percepción que tenemos de nosotros mismos con respecto a los demás no caiga en la vorágine de victimización que se relaciona con el complejo de superioridad.
Aunque hay motivaciones para esta clase de patologías que van mucho más allá de la autopercepción, es importante ser conscientes de nuestros errores y reconocer conductas que pueden hacer daño a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos.
Para Adler, la personalidad del individuo se define a partir de una serie de condicionantes que, al ser desarrollados de una u otra manera, acaban desembocando en diferentes pautas de comportamiento.
Uno de esos condicionantes es el desarrollo de un sentimiento de inferioridad durante la infancia que no desaparece con la adultez.
Situaciones como la eterna comparación entre hermanos o el bullying escolar son algunos de los causantes de este sentimiento que, si bien puede ser normal durante la infancia, se convierte en un problema durante la madurez, dando lugar a problemas psicológicos como la depresión, la neurosis, el complejo de Napoleón o el complejo de superioridad.