La gran mayoría de los deportes que conocemos hoy en día, incluso los de alta competición, nacieron como simples diversiones y, como mucho, torneos sin importancia. Es el caso del waterpolo, cuyo origen se remonta a festivales locales que se celebraban en Gran Bretaña durante el siglo XIX. En 1877 creó un nuevo juego que bautizó como “fútbol acuático” y que inicialmente se practicaba en ríos durante festivales locales, que cuentan con una larga tradición en Gran Bretaña. Las reglas estaban muy alejadas del actual waterpolo y se parecía más a una especie de rugby con toques de lucha libre y obviamente sin tanto equipamiento. En esta época el waterpolo empezó a ser un deporte más técnico y que daba importancia a las tácticas, mientras que en sus primeros tiempos era bastante básico y caótico, al ser más una diversión que un deporte al uso. Se introdujeron, como en otros deportes, jugadores especializados en roles concretos, cuando hasta entonces era una refriega de “todos contra todos” en la que solo contaba hacerse con la pelota y anotar. En el período entre las dos guerras mundiales, y especialmente después de la segunda, el waterpolo se extendió por Europa y empezó a ser un deporte relevante internacionalmente. De hecho, durante muchos años los países del bloque soviético (especialmente Hungría y Yugoslavia) dominaron este deporte a nivel internacional.