La anticipación tiene una función de supervivencia, ya que trata de predecir aquello que podría suponer un riesgo para nosotros, por lo que aparece de forma automática.
En las experiencias previas y en el conocimiento que hemos obtenido de nuestro entorno.
A pesar de que solemos vivir la anticipación con ansiedad, emoción que tiende a ser desagradable, nos ayuda también a reunir información para la toma de decisiones, y a su vez, a gestionar nuestras emociones y regular nuestra respuesta de manera adecuada.
Siempre es más sencillo gestionar información que ya tenemos aunque no sea realista, que gestionar la ausencia de la misma.
Al anticipar eventos positivos nuestro cerebro libera dopamina, asociada al placer y recompensa, lo que genera esa motivación mencionada previamente.
Cuando nuestras expectativas se cumplen, nos refuerza para repetir el mismo patrón en el futuro.
Cuando aparece es importante hacer uso de las herramientas de las que disponemos para manejarla, como las técnicas de relajación o atraer la atención al momento presente, siendo conscientes de que la capacidad de control no se encuentra en esos eventos futuros ya que solo podremos hacerles frente una vez lleguen.
Cabe mencionar que por muy útil que parezca, la anticipación se basa en suposiciones, no en la capacidad de “ver el futuro” de manera realista y precisa.
Por ello, debemos entenderla como tal y no permitir que tomen el control las emociones agradables o desagradables que genera, puesto que el resultado puede ser totalmente distinto a lo esperado.
En consecuencia, plantear un abanico de resultados puede ser más beneficioso para nosotros, en vez de apostar todo a una misma carta.